viernes, 10 de abril de 2009

Significado de la Muerte

INTRODUCCIÓN

Desde que el hombre es tal, la muerte ha sido objeto de temor y de ritualidad. El hombre, cuando desarrolló la mente simbólica, comenzó a tomar consciencia del significado de la muerte, y eso ocurrió hace mucho tiempo. Pero como tales, las primeras sepulturas datan del Neolítico, hace 10.000 años. En ese período de tiempo, a los muertos se les asegura una estancia estable y protegida; se tapiaban las grutas en las que el cuerpo era depositado bajo túmulos, dólmenes o monumentos funerarios que son, en cierto modo, los primeros cementerios.

Para la mayoría de las religiones, la muerte es un proceso inevitable y natural que forma parte de la vida. Para los Esenios en particular, el cuerpo es corruptible mientras que el alma es inmortal e imperecedera. De este modo, la muerte libera el alma de la prisión material.

Judíos, cristianos y musulmanes, comparten la creencia en una supervivencia del alma después de la muerte. En la religión hindú. Los fieles de esta creencia están convencidos de la transmigración de las almas, cuando muere el cuerpo, el alma sigue con vida y encarna en otro mortal, planteando así el dogma de la rueda de reencarnaciones. Algo parecido ocurre en el budismo.

Los egipcios, hacían gala de un complejo ritual en relación a la muerte. Más apegados a lo material, sentían que era necesario proteger el cuerpo de forma minuciosa, razón por la cual desarrollaron el proceso de momificación. Así, se protegía al muerto de cara a un largo viaje para el cual, al finado le colocaban amuletos protectores.

En África, la muerte es vista como una etapa de renovación del hombre, un camino hacia el más allá, que es un lugar de tránsito. La mayoría de las tribus reconocen la transmigración; no retienen al difunto, sino que le autorizan a regresar a la tierra e iniciar un nuevo círculo vital.

Es sorprendente saber que sólo las comunidades cristianas, judías y musulmanas disponen de cementerios propios. En otras culturas se deshacen de las víctimas. Por ejemplo, en la India o en el Nepal, "arrojan las cenizas de los cuerpos que antes han incinerado al río Benarés". Por aquellos lugares, la cremación es una práctica común, síntoma quizá del desapego por lo material, quizá a consecuencia de la creencia en la transmigración de las almas. Si es así, qué importa el destino de lo material.

LA MUERTE COMO PROCESO BIOLÓGICO - ESPIRITUAL

La humanidad comparte el concepto de la muerte como un proceso biológico natural que se manifiesta con el cese de las funciones vitales del ser humano, pero una visión más amplia nos permite concebirla también, como un proceso espiritual mediante el cual el espíritu abandona el cuerpo físico para continuar viviendo en otro plano o dimensión.


Según la Dra. Elisabeth Kübler-Ross, en su libro "La muerte un amanecer", en el cual expone largos años de experiencias, expresa que:

"La muerte es sólo un paso más hacia una forma de vida en otra frecuencia. (...) la experiencia de la muerte es casi idéntica a la del nacimiento. Es un nacimiento en otra existencia... la muerte no es más que el abandono del cuerpo físico, es el paso a un nuevo estado de conciencia en el que se continúa experimentando, viendo, oyendo, comprendiendo, riendo y en el que se tiene la posibilidad de continuar creciendo".

Luego del desprendimiento del cuerpo, el alma o espíritu atraviesa un período de "convalescencia", para recuperar sus fuerzas de espíritu libre de la materia. La lucidez de las ideas y la memoria de su vida retornan muy lentamente, de acuerdo con su grado de superioridad espiritual o elevación. En este momento de "despertar" al mundo o plano espiritual, el espíritu nunca se encuentra solo: es asistido o recibido por su Ángel Guardián o Espíritu Protector y espíritus familiares a los que unió en vida el amor, clara expresión del cumplimiento de la Ley de Solidaridad Universal entre ambos planos. Sea cual sea la condición del espíritu, siempre se hallará contenido por esos seres espirituales que se encuentran ocupados y preocupados por su proceso evolutivo.


En este nuevo mundo o planos, siempre apoyado por otros espíritus más evolucionados que él, repasa su vida, analiza sus errores y sus aciertos, ve, oye y se comunica a través del pensamiento y del sentimiento en forma directa, trata de intuir y apoyar a aquellos seres que dejó en la materia, porque el amor y el afecto conquistado son vínculos que no se interrumpen o destruyen con la separación física. A este mundo espiritual podríamos definirlo como imponderable porque no es mensurable por lo humano o material y en él, el espíritu deberá aprender a desplazarse sin el peso del cuerpo o la atracción de la ley de gravedad.


A pesar de todo esto, el dolor ante la muerte de un ser querido es inevitable, porque implica una separación transitoria y el dejar de experimentar la sensación física de su presencia y ello, naturalmente, deja un hueco que lleva un tiempo poder recomponer. Conocer y saber más sobre este proceso común en la vida de todo ser humano puede ayudar a encarar el tema desde otra óptica, más amplia y evolucionista de la vida.

El Dr. Rubén Bild, especializado en la disciplina que se ocupa del fenómeno de la muerte en sí, como un proceso más del ciclo vital del individuo y de los fenómenos psíquicos que se producen frente a la misma, manifiesta que:

"La muerte es un tema eludido, soslayado, negado por nuestra sociedad moderna, que ha hecho un culto de la juventud. Olvidamos que es una parte de la existencia, como el nacer y que también en esa etapa final puede haber crecimiento y desarrollo. No es una enfermedad (...) ni una prisión de la que debemos escapar. Los que han tenido la fortuna de que la muerte les avisara su llegada por anticipado, tuvieron una posibilidad más de llegar a ser, en esos postreros momentos, plenamente humanos".

LA INMORTALIDAD DEL ALMA

El conocimiento espiritual comparte con otros saberes y doctrinas, la seguridad de que el espíritu es inmortal y que guarda en sí todos los sentimientos cultivados en la vida material, porque estos no conocen de fronteras y límites terrenos.


Sin dudas, nos sentiremos más tranquilos y serenos al saber que cuando el espíritu recobre sus fuerzas en el mundo espiritual, podrá asistirnos mediante la intuición, la fortificación a nuestras luchas, acompañando nuestros pensamientos y sentimientos, siempre que nos predispongamos en la reflexión serena a recibir su ayuda. Podremos percibirlos entonces, de otra manera, y la calma y la conformidad que vayamos logrando a medida que transcurra el tiempo nos ayudará y ayudará también al ser que dejó el plano material a conseguir la suya.


La fe en Dios y en la misericordia de sus leyes que nos guían y protegen, aunque no siempre podamos razonarlas, nos darán más serenidad y entrega para saber que la muerte es sólo el comienzo de otra vida más plena, donde nos reencontraremos, en algún momento, con quienes luchamos, vivimos y amamos, para seguir aprendiendo y progresando.

La certeza de la supervivencia del espíritu luego de la muerte del cuerpo físico, constituye una realidad trascendente al aportar conocimientos sobre la inmortalidad del alma y lleva serenidad y confianza en los procesos de la evolución. Así lo expresa, la primera de las máximas de LAS TRES GRANDES VERDADES DEL MASÓN: “El Alma del hombre es inmortal y su porvenir es el destino de algo cuyo crecimiento y esplendor, no tiene limites”.

Significando lo anterior, que para el Masón, la MUERTE, como fin material de todos los Seres, en el plano de existencia material–terrenal, da origen al NACIMIENTO de una NUEVA VIDA; es decir, de una Esencia Espiritual que JAMÁS DESAPARECE, y además es susceptible de continuar progresando, de conformidad con el nivel de los planos en cuyo medio se desarrolla.

LA MUERTE INICIÁTICA

Para Rene Guénon, en su libro “Apercaciones sobre la Iniciación”, la palabra muerte, debe ser entendida en su sentido más general, como un cambio de estado, cualquiera que sea, es a la vez una muerte y un nacimiento, según que se considere por un lado o por el otro: muerte en relación al estado antecedente, nacimiento en relación al estado consecuente. En la iniciación masónica, que es una muerte iniciatica, se describe como un segundo nacimiento, lo que es en efecto; pero este segundo nacimiento, implica necesariamente la muerte al mundo profano. Esta muerte simbólica, es como una suerte de recapitulación de los estados antecedentes, por la que las posibilidades que se refieren al estado profano serán definitivamente agotadas, a fin de que el ser pueda desarrollar desde entonces libremente las posibilidades de orden superior que lleva en él, y cuya realización pertenece propiamente al dominio iniciático. Muerte y nacimiento, permite el paso del orden profano al orden iniciático.

Esto puede ser entendido como una regeneración psíquica; y es en efecto en el orden psíquico, es decir, en el orden donde se sitúan las modalidades sutiles del estado humano, donde deben efectuarse las primeras fases del desarrollo iniciático; pero éstas no constituyen una meta en sí mismas, y no son todavía más que preparatorias en relación a la realización de posibilidades de un orden más elevado, queremos decir, del orden espiritual en el verdadero sentido de esta palabra.

El neófito muere a la vida profana para renacer a una nueva existencia, santificada, renace igualmente a un nuevo ser que hace posible el conocimiento, la conciencia y la sabiduría. El iniciado no es solamente un recién nacido: es un hombre que sabe, que conoce los misterios, que ha tenido revelaciones de orden metafísico. Muere a viejos rencores, odios y otros vicios, adaptándose a los cambios, renunciando al ego. Al igual que en la muerte física, se entregan a la gracia de lo superior, constantemente, para renacer.

Dejan lo viejo sin dolor y toman lo nuevo con naturalidad. Viven en el reino de la razón y la actividad mental. Tienen capacidad de conectarse con energías ancestrales para esclarecer situaciones. Son serviciales, muy responsables y exigentes consigo mismos, con gran capacidad de perdón, de olvido, de transformación y auto sacrificio, poseen una gran sensibilidad, seguridad consciente y conciencia de comunidad.

La muerte simbólica, atiende el llamado, a la entrega, y al de dejar ir las cosas. La entrega es lo opuesto al abandono, es liberarse del deseo de querer controlar las cosas, y dejar ir tus ideas y esquemas del pasado que limitan las posibilidades. La entrega es liberarse de las ataduras de la acción preconcebida para que puedas vivir una vida más inspirada, sin creencias limitadoras. La muerte simbólica revela el ser, el verdadero ser, al podar las partes innecesarias. Busca nuevas maneras de ser, nuevas ideas y nuevas direcciones que ocupen el vacío que has creado con tu entrega y liberación. Siente el bálsamo de perdonar que es intrínseco con el reino de la muerte. Deja ir las cosas, y en acto de dejarlas ir, el universo te renueva con nueva Vida.

CONCLUSIÓN

De lo anterior y sin temor a equivocarse, se puede concluir que los hombres mueren, pero no perecen, sino que de nuevo comienzan a vivir. La fuerza vital en indestructible, subsiste más allá de la muerte. Estamos sometidos a un constante proceso de transformación, todo cambia e inclusive puede ser destruido, pero siempre se conserva la fuerza vital a la cual debe su existencia; lo eterno, aquello que no puede desaparecer, pues una y otra vez vuelve a resurgir en forma distinta, se renueva y vuelve a nacer. La propia idea de la vida contiene ya el germen de la muerte y se expresa en un principio dualista. La idea de la resurrección humana se basa en la reaparición de los astros después de que han descendido detrás del horizonte al mundo de los muertos.

Esta enseñanza que todos los días nos lo hace vivir el propio Sol, naciendo incansablemente por oriente y muriendo indefectiblemente por el poniente; permanentemente siguen este ciclo cósmico del nacer y el morir - morir y nacer. "Ni la naturaleza ni el hombre están condenados a la muerte eterna. Las fuerzas de la resurrección actúan: el sol reaparece cada mañana después de haber pasado la noche. Muere y renace; del mismo modo que la luna desaparece del cielo y reaparece al ritmo de sus fases. La muerte y la vida son dos aspectos de una misma realidad. La vida brota de la muerte, como la pequeña planta, del grano que se descompone en el seno de la tierra.

La muerte no es real, incluso en el sentido relativo -no es sino nacimiento a una nueva vida- es ir adelante, y adelante, y adelante, a planos de vida superiores y más altos todavía, por eones sobre eones de tiempo. El universo es nuestro hogar, y con la muerte, solo estaremos explorando sus más alejados escondrijos antes del fin del tiempo. Estamos habitando en la mente infinita del TODO, y nuestras posibilidades y oportunidades son infinitas, tanto en tiempo como en espacio. Y al final del gran ciclo de eones, cuando EL TODO atraiga de vuelta hacia sí todas sus creaciones, iremos contentos, pues entonces seremos capaces de conocer toda la verdad de ser uno con EL TODO. Tal es el dictamen de los iluminados -aquellos que han avanzado mucho a lo largo del sendero.

Entendamos pues la muerte QQ∴ HH∴, como la metamorfosis del gusano de seda en una mariposa; como el proceso donde el individuo se deshace de su cubierta exterior, que le ha servido durante su vida terrenal por los años de su existencia.

domingo, 15 de marzo de 2009

Los Druidas: su historia


Los Celtas llegaron a Europa como inmigrantes que procedían del Este y que se asentaron el siglo IX a.C., extendiéndose sobre todo por la Galia, la Península Ibérica, el Norte de Italia, los Balcanes, Asia Menor, Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda.


Los Celtas, en el siglo V a.C, se dedicaron a saquear y conquistar a los pueblos cercanos a ellos; pertenecían al mismo grupo tribal y hablaban dialectos similares, eran buenos profesionales y hábiles metalúrgicos, fabricantes de carros y constructores de carreteras, expertos agricultores y ganaderos; también eran buenos guerreros de gran valor y mucha ferocidad en las luchas, hasta el limite de que eran temidos por los romanos.

Nos atreveríamos a decir que las bases del mundo occidental tienen como origen su cultura.

Las mujeres celtas son las grandes precursoras del feminismo moderno. Fueron muy consideradas en muchos aspectos y eran tan buenas guerreras como los hombres, con los mismos valores en la lucha que ellos, siendo usual que luchasen codo con codo, muy temidas por su valentía y fuerza, no se las vencía físicamente con facilidad; sin embargo sus mitos, sus creencias, no fueron destruidas por los romanos en la lucha, sino por los cristianos.

Se dice que los celtas no dejaron a penas documentos escritos; y lo cierto es que ya San Patricio quemó personalmente 180 libros irlandeses escritos en celta, lo que fue un ejemplo para que los cristianos destruyesen cualquier escrito druídico que encontrasen.Eran un pueblo muy religioso y con unos preceptos básicos bastante definidos, como por ejemplo:- Adorar a los dioses.- No practicar el mal.- Ser fuertes.- Creer en la reencarnación.

Así mismo utilizaron la brujería o "Wicca" ( tomando fuerza y forma cuando los Druidas fueron obligados a ocultar sus ritos y conocimientos).Los Druidas y las Sacerdotisas eran los poseedores de los conocimientos que iban desde la sanación, la astronomía, los religiosos, etc., y también hacían las funciones de maestros y jueces; en conjunto eran personas de gran influencia y los líderes religiosos de los clanes celtas.

El druida o chaman celta, es el hombre que sale de la prisión familiar, cultural y social y decide vivir en libertad y trata de utilizarla no solo en su propio beneficio, si no para el bien de su pueblo.

Para conseguirlo, tiene que romper con todo lo anteriormente establecido y a través de un estado de consciencia diferente renacer,(simbólicamente,claro), siendo a la vez más flexible tanto con él mismo como con los demás y paradójicamente al mismo tiempo mas duro e intolerante con lo que considera injusto y sobre todo con la poca capacidad de lucha, y de esfuerzo en el sentido de afrontar los problemas y la realidad; y ya desde esa consciencia (la del chamán druida), se vuelve libre en el sentido más amplio de la palabra.

Cuando esto sucede y rompe drásticamente con todo, es cuando su consciencia de la percepción cambia activándose el sistema parasimpático, que solo se produce en estados de profunda relajación o meditación.

Para los druidas celtas su templo para la transformación estaba en la Naturaleza, donde las montañas, los ríos y los valles se vuelven sagrados; como rito iniciático, el druida se apoya en la simbología de la planta sagrada del muérdago de roble, el cual recogían vestidos de blanco en el sexto día de la Luna y que cortaban con algún objeto fundido en oro; a partir de este punto el druida se conecta con los ritmos biológicos vegetales a través del símbolo del muérdago y es entonces, cuando el druida percibe los universos paralelos y se aparta del mundo actual, manipulando las fuerzas de "ese otro lado" para influir y tratar de cambiar lo que sucede en este.

Se relaja profundamente mientras pasa el umbral de los mundos utilizando como vía de acceso un estado de trance similar al estado de sueño, pero donde es capaz de manipular a propia voluntad y de moverse con total libertad, actuando según su criterio. Después, dejaba el bosque y volvía con su pueblo, donde utilizará sus conocimientos para ayudarlos.

Todos los pueblos antiguos, sus chamanes y sobre todo los druidas celtas tenían su alfabeto; el alfabeto Ogham de los celtas era sobre todo de tipo religioso donde cada letra representa un gran número de pensamientos e ideas, muy similar a lo que hoy conocemos como las runas y los mensajes que nos transmiten cuando las utilizamos, es en realidad, un lenguaje secreto de signos, que tenía múltiples funciones, hasta el punto que fue prohibido por sus enemigos

Los druidas enseñaban que había tres cosas que podían entorpecer la evolución y el progreso en todos los sentidos: El ego u orgullo, Las mentiras y La crueldad innecesaria.

Los celtas eran un pueblo lleno de energía y de amor por la vida. Mentalmente muy fuertes, en unión y en armonía con las fuerzas de la Naturaleza. Sus dibujos eran simbólicos con una gran espiritualidad y de un gran sentido mágico, ya que tenían el convencimiento que esa magia o brujería no era palabrería, sino que formaba parte de una visión integral del mundo.

El "druida, o Chamán" es una persona capaz de ver en el interior de un enfermo; entendiendo que le sucede y uniéndose a la otra persona hasta llegar a ser uno solo (aunque sea solamente segundos).

jueves, 5 de marzo de 2009

Introducción a la Ética de Arístoteles


Cuando estudiamos el movimiento vimos que todo movimiento y cambio naturales representan una “inclinación”, un apetito móvil, para alcanzar una situación o un estado que le corresponde por naturaleza. Así, por ejemplo, la piedra cae naturalmente, porque acá abajo está su lugar natural, al que aspira; y el árbol florece y fructifica porque aspira a multiplicarse a través de la reproducción de sí. Por eso, el fin o el término de un movimiento es para Aristóteles lo mismo que el bien particular alcanzado por eso que se mueve: es el cumplimiento de una inclinación (o apetito) natural. Y en los entes dotados de sensibilidad este logro del fin o del bien particular se traduce en placer; y en los entes dotados de razón, en felicidad.

Detengámonos ahora en los movimientos propios del hombre en cuanto tal: en sus actos. Según el filósofo, los actos humanos pueden ser de dos especies: a) una, la de aquellos actos no queridos por sí mismos, sino por lo que ellos producen o lo que de ellos deriva. Por ejemplo, la fabricación de un objeto de uso –supongamos un lápiz- se hace porque el lápiz se quiere para algo: para escribir. También el acto de escribir, salvo en el artista, no se busca por el acto mismo, sino para algún fin externo al acto: para pedir en préstamo algo, etc. A estos actos, que tienen su fin fuera de ellos mismos, en la obra, Aristóteles los llama “poéticos”; b) otros, en cambio, son queridos por ellos mismos: actos que por el hecho de realizarlos representan un fin en sí y un bien. Por ejemplo, contemplar un cuadro, conversar, realizar un acto de honradez. Son los actos prácticos, la praxis aristotélica.
Ahora bien, es claro que si existe un acto querido por sí (práctico) y que tenga, además, la virtud de que por él sean queridos todos los otros actos, tal acto representará el fin último y el bien absoluto de la vida racional. Y en el logro de este fin consistirá también la felicidad. Suponiendo que exista tal fin último, que unifica todos los fines relativos, la misión de la Ética es determinarlo y mostrar cómo puede alcanzarse.

¿No habrá –se pregunta Aristóteles- para todos los trajines y proyectos del hombre, un fin único (y último) que unifique todos los quehaceres y dé así un sentido un sentido a nuestras vidas? ¿Un bien que no se persiga por otra cosa, como todos los bienes relativos, sino que sea él mismo el objeto de nuestro amor?

“Pues, así como para el flautista y para el escultor y para todo artesano, y en general, para todos aquellos que producen obras y desempeñan una actividad, en la obra que realizan se cree que reside el bien y la perfección, así se cree también que debe acontecer con el hombre en caso de existir algún acto que le sea propio en cuanto hombre. ¿O es que sólo habrá ciertas obras o acciones que sean propias del carpintero o del zapatero, y ninguna del hombre, como si este hubiese nacido cual cosa ociosa? Y, ¿cuál será este acto propio de él?... pues si no existiera esta obra querida por sí y no por otra, todo anhelo humano sería vano e inútil. Vano e inútil, pues toda cosa se haría por otra, y esta última por otra, sin que nada valiese por sí mismo” (Aristóteles, Ética I).

Ahora bien, en cualquier ente animado, la perfección de vida y el gozo derivan del ejercicio de aquello para lo cual están naturalmente dispuestos, para lo cual se posee una potencia natural. El ejercicio y perfección de la potencia propia de un ser animado se constituye en un “haber” adquirido, en un hábito que potencia más nuestro ser natural. En esto consiste la virtud en su más pleno sentido: en ser el potenciamiento de una potencia natural.

Volvamos al hombre: ciertamente en el hombre también habrá un fin, no externo, sino interno a su ser, que lo haga plenamente hombre. Y es, coma ya ha sido repetido, la inteligencia (o razón) lo que nos hace plenamente humanos: la inteligencia por la cual hacemos inteligibles y entendemos el mundo humano y el mundo natural y el mundo sobrenatural (divino); la inteligencia, por la que no somos cosas del universo, sino habitantes de él. Así, pues, si la inteligencia es la potencia que hace diferentes a los hombres de todo los otros entes animados, en el ejercicio y perfeccionamiento de esta potencia consistirá su virtud propia, o como decíamos hace un momento, su obra. Y en este ejercicio consistirá también su “felicidad perfecta”.

“Si la felicidad es, pues, una actividad conforme a la virtud, es razonable pensar que ha de serlo conforme a la virtud más alta, la cual será la virtud de la parte mejor del hombre”.

Y esta “parte mejor del hombre” es, como se dijo hace poco, “la parte racional del alma”:
“Llamamos virtud humana no a la del cuerpo, sino a la del alma… Pero también debe creerse que en el alma hay una parte fuera de la razón y contraria y que se le opone… Y la parte irracional es doble: la vegetativa, que no participa de la razón de ninguna manera, y la conscupiscente y apetitiva en general, que participa de ella en algún modo, en cuanto LA ESCUCHA Y OBEDECE… Y si también a esta debe llamársele racional, entonces será doble lo racional: el uno por excelencia y en sí mismo, y el otro como el hijo que escucha al padre. Por lo tanto, según tal diferencia se distingue también la virtud: en efecto, llamamos a las unas dianoéticas (intelectuales), y a las otras éticas (morales). Dianoéticas: la sabiduría, la inteligencia, la prudencia. Éticas: la liberalidad, la templanza, etc.” (Aristóteles, Ética Nicomaquea I, 13)

En resumen: “la parte que obedece a la razón” es la sede de hábitos convenientes (virtudes), ya sea respecto a nuestra propia armonía y equilibrio, como son la fortaleza de ánimo y la templanza, ya sea respecto del equilibrio y la armonía con nuestros semejantes, como esencialmente lo es la justicia. Estas virtudes que Aristóteles llama éticas y también políticas, pueden englobarse en una sola: La prudencia, que es la sabiduría práctica por la que el hombre se maneja sabia y justamente respecto de sí mismos y de sus semejantes en lo que concierne a las cosas cambiantes y complejas del mundo.
Pero, es el ejercicio de la inteligencia (razón) no en la esfera de lo complejo y variable, sino en la esfera de lo inteligible en sí, donde el hombre alcanza la virtud que le es más propia: la virtud dianoética o intelectual.

“ya sea la inteligencia, y alguna otra facultad a la que por naturaleza se adjudican el mando y la guía y el cobrar noticias de las cosas bellas y divinas; y ya sea eso mismo algo divino o lo que HAY DE MÁS DIVINO EN NOSOTROS, en todo caso la actividad de esta parte ajustada a la virtud que le es propia, será la felicidad perfecta. Y ya hemos dicho antes que esta virtud es contemplativa”. (Aristóteles, Ética Nicomaquea VI, 7)

Es preciso ahora recordar ahora lo que antes habíamos dicho, a fin de comprender esta contemplación, que pone en juego las partes más divinas del hombre.
Hay en el hombre una capacidad para actuar conforme a la razón. Es la esfera de las virtudes éticas. Pero hay también una capacidad o una potencia para razonar, para “filosofar”. Esta última, que es la más noble y fundamental, según Aristóteles, consiste, en último término en la capacidad de decir lo que las cosas son (en aprehender la verdad de las cosas). Y para que esto ocurra, tenemos que ser esencialmente receptivos, hospitalarios: acoger en nuestro presente la presencia del mundo, de los hombres. Esto es lo que ya antes de Aristóteles se llamaba “teoría”, “contemplación”.

Pero sabemos que en este estado contemplativo, el filósofo recibe algo de la realidad divina que contempla, algo de su imperturbabilidad, algo de su inteligibilidad, pues, “en cierto modo, el alma es todas las cosas”.

Y este y no otro es el fin de la filosofía primera: el estudio y contemplación de las cosas más nobles y divinas –las cosas más dignas de amor-, a fin de hacernos como ellas.
Habrá que insistir en que la finalidad propiamente humana –que es la vida contemplativa- no se alcanza al margen de la convivencia humana, en la soledad de las montañas o de la selva. Esta finalidad se alcanza justamente en la vida ciudadana, entre los hombres. Por eso, Aristóteles dirá una y otra vez que la política (gobierno de la Polis) es la ciencia más elevada de todas, pues subordina todos los fines al fin común.